las dragonas invitadas a la donosti cup: un viaje de 8 años en el que hemos sido marca españa

Faltan horas para que las Dragonas viajen como equipo invitado a la Donosti Cup. Es todo un honor. Se cumplen ocho años de la primera vez en la que la organización de este torneo, uno de los mayores del mundo de fútbol infantil y juvenil y sin duda el más bonito, con campos de fútbol junto al mar y entre bosques, nos acogió. Recuerdo muy bien que el director, Íñigo Olaizola nos preguntó: «¿tenéis equipo de chicas?: nos gustaría invitar a un equipo de chicas». Nosotras soñábamos con uno pero todavía no lo habíamos conseguido y han tenido que pasar estos ocho años y muchas cosas en medio (que el ayuntamiento de Madrid nos permitiese crear en un solar vacío un campo de juego seguro, que las madres se animasen a jugar en él, que cambiáramos nuestro equipo técnico, que las entrenadoras crearan programas específicos, que España ganase un mundial en Australia, el «se acabó»…) para que el momento de nuestras chicas en San Sebastián haya llegado. 

Recuerdo que intentamos entrenar un equipo de chicas ad hoc, aprovechando la motivación del viaje y que Ana Sánchez (vicepresidenta) Jorge Bolaños (presidente) y yo hablamos con las niñas y sus madres para intentar convencerlas. La oratoria no funcionó entonces y no conseguimos el número suficiente de jugadoras. Ocho años más tarde una de esas niñas, Yasmina, va a ser ayudante de nuestro entrenador, Fra Sampietro.

En aquella primera vez en Donosti descubrimos cosas maravillosas. Antes de salir de Madrid, Germán Argüelles quien estaba vinculado con streetfootball.org (antecesora de Common Goal) y con Donosti Cup y nos prestaba apoyo nos propuso jugar un partido con un equipo de Japón. Nuestros alevines de Lavapiés tenían esa característica que nos hacía especiales: procedían de familias de todo el planeta. Entre esos niños estaban Carlos Arias (actualmente en la selección juvenil de República Dominicana), Malcolm X  (hispano-guineano), Mohamed Dione (hispano-senegalés) y Yang (hispano-argentino-taiwanés). Jugamos muy bien y ganamos a  los niños de Japón, los mismos niños con los que un día más tarde compartimos cinco horas de autobús. El experimento sociológico fue increíble: los niños fueron capaces de comunicarse a pesar de no hablar apenas inglés y de tener un entrenador que mantenía una disciplina casi militar en el lado japonés. Fue a través de Yang, quien había estado un año en Taiwán y del japonés aprendido en los animes como los niños empezaron a intercambiar mensajes. Los niños japoneses mostraban su admiración por Carlos, quien les había marcado varios goles el día anterior y también hacían bromas típicas de preadolescentes. Por supuesto, en las paradas, agotaban las máquinas de chucherías mientras que nosotros intentábamos que los niños de Lavapiés no se gastasen el primer día todo su dinero. Les regalamos camisetas del Torneo 17 Goles y ellos nos dieron unas caretas en forma de calva de luchador de sumo muy divertidas. Durante toda la semana nos animamos cuando nos encontrábamos en los campos de juego. El fútbol era nuestro idioma. 

Otro descubrimiento fue a raíz de la repercusión mediática de la Donosti: los periodistas nos entrevistaron y salimos en la Cadena Ser y en todos los periódicos vascos. Nos impactó mucho la respuesta de uno de los niños de origen cien por cien español, cuando un periodista le preguntó por qué estaba en el equipo: «es el único que me ha aceptado», dijo. Tenía once años y era ligeramente obeso. Durante el viaje hablamos mucho del bullying. Resultó que al niño al que más estábamos «integrando» en nuestro equipo «superdiverso» de Lavapiés era a un niño de ascendencia puramente española en un contexto de fútbol en Madrid tan ultracompetitivo que no hacía concesiones ni a tan corta edad.

Por ser el equipo invitado en la Donosti Cup, Marca España decidió hacer un reportaje sobre nosotros para su página. Un poco más tarde nos pidieron también grabar un vídeo que nos contaron acompañaría a los Reyes de España en sus viajes oficiales. En aquel momento estábamos llenos de un sentimiento de rabia por descubrir la dimensión del racismo en el fútbol y en todos los demás ámbitos y dudamos en aceptar la propuesta. Pero reflexionamos: si España quiere ser diversa y mostrarse diversa y nos elige para ello, vamos a participar. Y la verdad es que nos hizo ilusión y hasta nos dolió que fuesen sólo unos fotogramas. Desde entonces, el vuelo de los Dragones nos ha llevado a representar a España en distintos torneos (con la camiseta de la Selección y el himno en el de la Homeless Word Cup) y eventos: este verano participaremos en el mundial de HWC en Oslo y hace unas semanas viajamos a Basilea, con un equipo de mujeres al torneo de Homeless World Cup paralelo a la Eurocopa femenina. También en junio viajamos a Tánger, con un grupo de jóvenes a la Regatta4Med de Tibu África. Llevar los colores de España siendo un equipo formado por personas procedentes de todo el planeta nos hace pensar en qué es ser español. En Tánger seis de los siete jóvenes que elegimos para representar a España tenían raíces marroquíes. Eran bilingües en español y dariya y perfectamente competentes en inglés. Los elegimos porque era una oportunidad única para que entendieran que más allá de los pasaportes (tan importantes) pueden sentirse orgullosos de sus dos culturas: son puentes culturales entre dos mundos. Su capacidad para relacionarse desde dentro, desde la pertenencia a los dos les hace especiales y motor de diálogo, paz y progreso. No es fácil ser puente cultural. Hay mucho rechazo, racismo y estigmatización por todas partes. Por eso hay que darles mucho apoyo y confianza. Muy importante es la perspectiva medioambiental que incluyó Tibu Africa en esta semana de convivencia, deporte y diálogo. Compartimos un planeta y necesitamos cuidarlo entre todas y todos. 

Hace ocho años acudimos a Donosti con nuestro balón de los 17 Goles, los 17 ODS. Estamos lejos de cumplir con ese plan de la humanidad. Hay que seguir entrenando duro. Sin duda el mensaje más importante que los Dragones hemos dado al mundo ha sido en la pandemia, cuando se podía pensar que era el fin del mundo y fuimos capaces de cooperar y repartir toneladas de alimentos con nuestros vecinos del barrio. Pero en la memoria los conflictos pesan más y necesitamos recordar todo el tiempo quiénes somos y contar nuestra historia, hacer que siga siendo verdadera. Que detrás de los símbolos, haya un significado real. Es normal que el mundo pida explicaciones a quienes hicieron negocios fraudulentos con las mascarillas y años después recordemos ese hecho pero no a costa de olvidar los ejemplos de solidaridad que se dieron por parte de la sociedad civil organizada. Necesitamos celebrar lo bueno porque es real. Eventos como el Festival24, en las Olimpíadas de París, la Donosti Cup o la Regata4Med… han sido espacios de celebración y nos han permitido tomar impulso para seguir. Gracias, shukran, eskerrik asko, merci.