Entre la imagen del menor de quince años detenido en una cancha de baloncesto y la del mismo chico entrando en una pizzería y disparando a otros tres jóvenes hay tan sólo unos meses de diferencia. Desde mucho antes, el mundo adulto está cometiendo numerosos errores a la hora de intervenir en el problema de las bandas. El primero de esos errores está en el diagnóstico.
«Hablar de familias desestructuradas para señalar las causas de este fenómeno es una falacia», dice Rocío Gómez, experta en delitos de odio y directora del Proyecto Mandela contra la violencia en el club Dragones de Lavapiés, en Madrid. «¿Qué son familias desestructuradas? ¿Familias en las que los padres están separados? En esa categoría entran casi todas». Si bien es verdad que la ausencia de la figura paterna, puede ser un elemento importante a la hora de buscar la adhesión, lo que la sociedad no acaba de entender es que hay muchos otros factores que ponen en riesgo a niños y niñas de toda condición social.
Obviamente no tener una casa ni un hogar estable, haber sido desahuciado (por la administración pública o por empresas privadas, ambos casos los hemos presenciado en nuestro barrio con niños)… son elementos que favorecen la búsqueda de la protección del grupo (de la «familia», como dicen los menores). «Hay niños que están en situación de pobreza grave, niños cuyo crecimiento se ha retrasado por falta de proteína, niños que se han visto obligados asumir el rol de padre-proveedor de su familia y claro que estos factores son de mucho peso, pero no son ni los únicos ni los más importantes siempre: ser de banda está de moda, está en las culturas juveniles, en la música que escuchan casi todos los adolescentes españoles y en la ropa que visten y, por supuesto, la tecnología contribuye a difundir y a tejer esa cultura con un efecto contagio muy potente», dice Gómez.
«Otro elemento que hace a los padres estar menos alerta es que son víctimas de sus propios estereotipos. Piensan que comportamientos tan brutales son propios de otras culturas y no entienden que esos niños actúan así porque en su cabeza están viviendo una guerra, si hay un rival que puede matarte, vas a reaccionar con violencia».
Según fuentes policiales, el número de niños y niñas en bandas se ha duplicado tras la pandemia y tras los sucesos muy violentos de este verano (disparos, amputación de una mano y detenciones con incautación de machetes y de pistolas) la propia vicealcaldesa y delegada de Seguridad y Emergencias del Ayuntamiento de Madrid, Inma Sanz ha reconocido que algo no está funcionando y ha exigido al Gobierno medidas.
En Dragones de Lavapiés llevan diez años observando este fenómeno a través del fútbol. Había una oposición entre los niños que entraban en banda y los que jugaban a fútbol. «Yo saqué a este niño del equipo para meterlo en la banda» confirmó uno de los líderes a la presidenta, Dolores Galindo. «Sabíamos que jugando al fútbol evitábamos captaciones, aunque no todas. Y tuvo que venir una pandemia para que perdiéramos el miedo a intervenir de otras maneras. Recuperamos contacto con los chicos que habían cruzado al otro lado de la cancha y les preguntamos qué les había pasado para meterse en la banda. Nos lo contaron», explica Galindo. Utilizaron el teatro y el arte para canalizar sus ganas de contar. Así nació «Esferas», un documental en el que se ponen de manifiesto las múltiples violencias sufridas y detentadas por estos menores, evidenciando graves desprotecciones.
En 2020, los Dragones de Lavapiés, tras haberse convertido en un banco de alimentos, tejiendo una red vecinal con otras organizaciones, recibió ayuda de adidas para un plan de prevención de la violencia que en el curso 2023-2024 ha recibido el apoyo de Fundación La Caixa. El mismo día en el comenzaron las actividades fue asesinado un adolescente futbolista en Atocha, a unos metros de La Casa Encendida, el espacio que acogió el programa de Dragones.
También el Museo Reina Sofía, Fundación Carasso y Hablar en Arte apoyaron la investigación de Gómez y Galindo. Una investigación «performativa», que reflejó años de observación participante y también los intercambios con la RAN: Radicalization Awareness Network, la red que les puso en contacto con el Fryshuset Theater de Estocolmo. En Suecia la situación de las bandas juveniles violentas es dramática (con un número de víctimas mortales y de heridos elevado y uso de armas como kalashnikovs y granadas de mano). Los expertos del Fryshuset y también los medios de comunicación internacionales no se cansan de explicar cual es la herramienta más valiosa contra las bandas: es la prevención. Es más fácil prevenir su entrada que sacar a los chicos y a las chicas de las bandas.
Para Galindo es urgente prevenir desde el instituto, que con frecuencia ha provocado un efecto pigmalión (se ha expulsado a niños por el miedo a las bandas y eso ha facilitado su captación) y que debería contar con recursos para mantener vinculados a aquellos que plantean más retos. También las fuerzas de seguridad han de abandonar las actuaciones espectaculares como la de la imagen del niño esposado que tienen el efecto de hacer subir en el escalafón a los chicos que están iniciándose. Los propios protocolos para las detenciones de menores de 16 años ya recogen que «se evitará, en la medida de lo posible, la espectacularidad, el empleo de lenguaje duro, la violencia física y la exhibición de armas», algo que a menudo no se cumple escrupulosamente. «Nunca hay que olvidar que son niños, muchas veces buenos niños metidos en una estructura perversa sujeta a inercias muy fuertes», dice Rocío Gómez. Cree que la violencia producida por las bandas deriva de un victimismo identitario provocado por el racismo y que los ataques de una banda contra otra se dan por una estigmatización del colectivo contrario, igual que en el delito de odio: un seguidor de un equipo de fútbol que recibe amenazas o incluso violencia física por llevar una camiseta tiene derecho a protección. «¿Por qué un niño que lleva una bandana negra no?», se pregunta.
En todo caso, desde Dragones lo que piden es que se cumpla la LOPIVI (la ley de protección a la infancia y adolescencia frente a la violencia). Más de la mitad de quienes pertenecen a las bandas son menores, como señalan las fuerzas de seguridad, y es evidente que reciben además de violencia estructural, amenazas concretas que han de ser tomadas en serio. Las fuerzas de seguridad tienen que estar entrenadas específicamente para la intervención con menores, detectar en redes estas amenazas y protegerles al amparo de la Ley para evitar captaciones.
«El papel de la policía protegiéndoles de amenazas evitaría las captaciones y cambiarían las interrelaciones entre chicos y policía (muy hostiles) y las narrativas», dice Gómez.
Otro de los temas que conviene abordar es la facilidad para adquirir los machetes, que se venden en las tiendas como Ranger de El Rastro (que los tiene decorados en brillantes colores y nombres épicos y atractivos como «Matazombies») o por internet a bajo precio y con cortapisas legales fácilmente franqueables. «Se critica mucho a EEUU por las facilidad para la compraventa de armas y quí tenemos una situación en la que hacerse con un machete es también sencillo», explica Gómez.
La violencia detentada por los menores es un síntoma de una enfermedad social muy profunda, de una desprotección enorme de niños y niñas y de un fenómeno cultural, dicen Gómez y Galindo.
Están convencidas de que no tienen todas las soluciones. Hace falta coordinarse y tener unas líneas muy claras. Están creando una red con otras entidades pero se necesita actuar urgentemente.
El arte del teatro y la consiguiente introspección es clave junto con la práctica deportiva continuada en el proyecto de Dragones para romper la espiral de volencia. Son métodos reconocidos internacionalmente. La infancia no puede ser la responsable de todo esto que está pasando. El mundo adulto sí que es responsable y una respuesta meramente policial no es justa.
