POR QUÉ PEDIMOS MÁS FORMACIÓN ANTIRRACISTA Y NO FIJARNOS SÓLO EN LOS (MUY GRAVES) INSULTOS RACISTAS
En el verano de 2019 uno de nuestros jugadores hispano-senegalés de 13 años fue a salvar a otro de una ahogadilla en una piscina pública madrileña. Tras la llamada correspondiente de los responsables de la piscina a la policía, fue detenido y acabó pasando la noche en la GRUME. Cuando acudimos al filo de la medianoche con la madre para saber qué iba a pasar, un policía le espetó: «su hijo, señora, está acusado de intento de asesinato». No era verdad. Pero con esa falsa información tuvo la familia que pasar la noche, con el agravante de que tenían comprados los billetes para regresar a su otro país aquellos días (algo que no podrían haber hecho de haber sido juzgado el niño por intento de asesinato).
Por la mañana interceptamos al abogado de oficio para hacerle ver que ese era un caso de racismo. Nos dijo que no, que la supuesta víctima también era un niño negro. Como si en esa piscina se llamase todos los días a la policía en caso de ahogadilla. Como si alguien hubiera llamado a la policía si un niño blanco hubiera tratado de salvar o hacer una ahogadilla a un niño negro. El niño encarcelado era el mismo que en nuestro primer partido de fútbol, cinco años atrás, había recibido insultos racistas. Los dos episodios no están separados. Tienen un hilo que los une y es el racismo.
La comunidad de Dragones y Dragonas de Lavapiés compuesta por 600 deportistas y sus familias es una comunidad mayoritariamente racializada. En nuestros equipos senior de refugiados más de la mitad de los jugadores son africanos o afrodescendientes. En los demás equipos hay jugadores de más de 50 procedencias nacionales diferentes y una gran diversidad «racial».
El problema que observamos, sufrimos y denunciamos en Dragones respecto al racismo y desde el deporte no es una cuestión verbal: no se trata sólo de los insultos que un niño o un jugador pueda recibir en un partido de fútbol (que los recibe). El verdadero problema es la criminalización. La visión del racializado como alguien que es una amenaza en sí y en las consecuencias que esto tiene en el juego, que queda completamente afectado.
En la Declaración y Programa de Acción de Durban, los Estados reunidos en Asamblea en Naciones Unidas acordaron que «la esclavitud y la trata de esclavos suponían crímenes contra la humanidad y que siempre deben haberse considerado como tal. Los Estados también reconocieron que el colonialismo ha conducido a racismo y a discriminación racial y que los africanos y los afrodescendientes, las personas de descendencia asiática y los pueblos indígenas continúan siendo víctimas de sus consecuencias».

Antonio Guterres, Secretario General de la ONU ha reconocido que «el problema del racismo es estructural». Sin embargo, en el fútbol esto no se recoge. Afirmar que los árbitros puedan tener un sesgo racista es algo que causa revuelo y que puede conllevar hasta una multa económica en la Real Federación Madrileña de Fútbol y suponemos que en cualquier federación si no se tienen pruebas muy fehacientes, como las que pudimos recabar en una ocasión en la liga municipal cuando demostramos que un árbitro había cambiado resultados del acta conscientemente y después de habernos pitado en un partido anterior (y que era una final) goles inexistentes. El árbitro neonazi fue inhabilitado durante un año pero la final no se repitió. Este tipo de racismo no es el más habitual, estos hechos son muy extremos. Nos referimos a un sesgo por el cual se percibe a las personas afrodescencientes como violentas y sus acciones como objeto de falta o directamente criminales. Sólo así se entiende que el año pasado alguien del público llamase a la policía y acudiesen cinco coches cuando un jugador afro chocó con uno blanco al cabecear un balón: le lesionó pero fue involuntario. Tras muchos gritos del público el árbitro pitó amarilla contra nuestro jugador. Los cinco coches de policía acudieron alertados por alguien con una visión criminalizadora de los hombres negros. Vuelve a ser un ejemplo extremo. Lo más habitual es que acciones que puedan ser dudosas se juzguen sistemáticamente como negativas.
Hay que creer en la total neutralidad arbitral en cualquier caso aunque se sepa que el racismo es algo estructural, aunque las actuaciones sean claramente sesgadas en muchas ocasiones y aunque los árbitros no hayan recibido ninguna formación antirracista. ¿Por qué habrían de recibirla si el racismo es cosa de unos pocos que vociferan en la grada?.
Por cierto, los gritos en la grada no siempre tienen un contenido explícitamente racista pero la intensidad y la saña que demuestran apuntan a esa motivación y con frecuencia van destinados a presionar al árbitro en sus decisiones.
No pensamos que todos los árbitros sean racistas ni que todos los arbitrajes queden invalidados por la existencia de un racismo estructural pero creemos que muchas situaciones de las que vivimos en el fútbol no son analizadas ni juzgadas con suficiente objetividad por no reconocer este hecho incontrovertido (la existencia del racismo estructural) según los estados firmantes de la Declaración de Durham. Lo que estamos pidiendo es que el mundo del fútbol sea sensible a una realidad que le afecta y que no se centra en unos insultos que atentan contra la dignidad de los jugadores sino que consiste en un trato diferenciado e injusto hacia estos jugadores no sólo en los partidos de fútbol.





Nos preguntamos: ¿qué podemos hacer los clubes, las federaciones, los medios de comunicación? ¿están las personas afros suficientemente representadas y reciben buen trato en el mundo del coaching, en el arbitraje, en las canteras, en las juntas directivas de los clubes, en los órganos de dirección, en el periodismo deportivo?.
Dragones de Lavapiés somos orgullosos miembros de FARE Network (Football Against Racism Europe) y de Common Goal. Junto a estas entidades formamos parte del proyecto Unity 2.0 creado por UEFA Foundation y Common Goal con el objetivo destacado de luchar contra la discriminación racial contra jóvenes migrantes y refugiados en el fútbol europeo, en el campo, fuera de él, en las gradas y en nuestras comunidades. Es para nosotros una oportunidad de profundizar en los contenidos de Switch the Pitch, un curso desarrollado por Common Goal en EEUU y que ha sido adaptado al contexto europeo. Creemos necesario y muy urgente adaptarlo al español.




