Exageramos, damos la vuelta a las cosas y nos quejamos mucho (dónde ves tú el racismo). Te necesitamos.

«Yo en mi equipo tengo de todo y exageráis con el racismo». Esta frase bien analizada ya da mucho que pensar. «Tengo de todo», como si lo que tuviera, en lugar de un club de fútbol, fuese una frutería o un catálogo. Pero quien habla es una persona amable, con un rostro amable, que me acaba de invitar a cinco botellas de agua para nuestros chicos en el bar de su club. Somos el equipo visitante. Acudimos al campo con un equipo que este año por primera vez está orgullosamente federado. Nuestros jugadores son muy altos y fuertes, muy atléticos, Pero su edad es la que es: tienen entre catorce y quince años. Hay dos chicos afros, B, de Senegal y A. de Sierra Leona que destacan por su corpulencia y también por su buen juego. Lo mismo pasa con dos chicos de procedencia marroquí: I y N. Jugamos muy bien individualmente y tenemos seguramente el mejor portero de la liga (las estadísticas no mienten esta vez) pero todavía nos queda mucho para tener esa armonía que hace posible hilvanar jugadas: hemos tenido muchos problemas con el regreso de algunos jugadores que se habían marchado porque no estábamos federados y que, al federar, han vuelto con un buen nivel de juego pero con desprecio hacia sus compañeros menos hábiles. Esto es muy duro de encajar y aunque estamos trabajando y se advierte algún cambio, algunos chicos se han ido del equipo. Hemos tenido tres entrenadores este curso. Aún así hay un buen número de adolescentes que conserva la ilusión, va a entrenar y lleva a cada partido a un grupo de niños del barrio, algún hermano pequeño que los mira como héroes.
Hoy hemos empezado perdiendo de dos goles. Entonces I. en jugada individual ha marcado otro. Los goles de ellos han venido siempre de saque de esquina. No nos aclaramos ahí. Nos han llegado a marcar 5 y nosotros hemos marcado 2. Los dos de I. El entrenador de ellos ya sabía que I. es uno de nuestros mejores jugadores: me lo dijo un día en el que vino al campo para estudiarnos. Hemos jugado lo mejor posible. La plantilla inicial eran nuestros jugadores más brillantes y se han esforzado. Les faltaban ideas y seguridad en el tiro a puerta pero han hecho un despliegue en el regate y han jugado con limpieza, casi con delicadeza yo diría. En una de las bandas N. ha protegido el balón, ha corrido y sí, ha hecho volar alguna que otra vez al contrario por la enorme diferencia entre su corpulencia y la del rival. Así lo ha considerado el árbitro. El público, personas adultas principalmente, no han dejado de protestar y al final el chaval, que tiene un carácter muy jovial, les ha hecho con mímica un gesto de llorar.
Al terminar el partido el presidente que me había regalado el agua me ha hecho ver que era un gesto muy feo hacer burla de los padres y que dos niños se habían metido en el campo a jugar sin que yo les viera y que éramos muy maleducados (todavía estoy pensando en cuándo entrarían los niños acompañantes a jugar en el campo, supongo que en el descanso y en qué tiene eso de malo). Por un lado el presidente sonreía y decía «buen partido, chicos». Por otro parecía que le habíamos ofendido en algo.
El entrenador nuestro tenía que irse pronto y me he quedado con los chicos. Han ido saliendo todos y yo con los últimos. En la calle he notado que B. y A. no avanzaban.
El grupo nuestro está formado por tres chicos de catorce años, dos de trece, tres de doce, una niña de aproximadamente esa edad y un pequeño de diez. Todos racializados. Les he dicho que nos íbamos al metro. Pero B. seguía con la mirada fija hacia el campo, «que me lo digan, que me lo digan a la cara», me ha dicho. En ese momento ha salido un padre con una adolescente y muchas mujeres. B. le ha dicho «tú que miras» y el padre le ha dicho que se había metido con su hija. Y B. que su hija le había dicho algo. Y un montón de mujeres le ha gritado a B.
Según los niños más pequeños en la grada los padres habían dicho que B. sólo sabía empujar. El caso es que mientras esto estaba ocurriendo nadie estaba saliendo del campo. El entrenador nos cuenta que ha prohibido la salida porque piensa que vamos a pelearnos. Los chicos dicen que no se mueven. Alguien ya dice que va a llamar a la policía. Hay mucha tensión. Los chicos y yo percibimos que somos considerados un peligro. Yo también quiero irme ya. Dentro de la valla del campo se apelotonan las familias y los jugadores del rival. Un padre desde dentro se ríe y dice con tono deliberadamente dramático «dejadnos salir». Es un buen momento de hacer una broma y distendir el ambiente. Sigo la broma pero una señora que está fuera muy nerviosa se enfada más.
Vamos caminando hacia el metro pero el momento ha sido muy tenso. Todavía estamos muy cerca del campo. Uno de los chicos tira una piedra hacia allí sin que pueda alcanzar a nadie (hay mucha distancia). Un adulto le llama «cara de mono». Seguimos caminando y los chicos expresan toda su frustración. Nos siguen en la distancia el entrenador y el presidente del otro equipo.
De pronto les digo a los chicos «¿hablamos con el presidente?». Todos quieren hablar. Contarle. Nos damos media vuelta. El presidente me mira con gesto hastiado. «Dos minutos», le digo. Los chicos y él empiezan a hablar. Exponen sus quejas. Y él les habla de que la violencia no arregla nada. Los chicos se van más conformes. Pero yo no. Porque el presidente dice que quienes se han metido con los chicos son personas «idiotas», como hay en todas partes. Y promete medidas contra el señor y la adolescente que se encararon con B. Pero todo es absurdo. E igual que él cree que exageramos con el racismo, yo tengo la íntima convicción de que esta situación sólo se explica por su existencia. No es nuestra mala educación ni la idiotez de nadie. Es el racismo. Algo que cuesta mucho de demostrar pero que sencillamente vivimos. «De no estar en el equipo, yo no me habría dado cuenta», dice Víctor, estudiante de derecho y de familia española (y francesa) y blanco. A mí me pasa igual. Por eso os pido a quienes leéis esto que estéis dentro. Que entendáis qué es el racismo estando dentro. Que nos vengáis a acompañar y a ver nuestros partidos cadete, juvenil y senior para animar de forma siempre positiva y para contribuir al ambiente amistoso al que nuestros jugadores tienen derecho.