APRENDER A GANAR

por Emiliano Fernández Peña, entrenador de cadetes de Dragones de Lavapiés

APRENDER A GANAR…
es tan importante como aprender a perder. Esta es una frase que hemos escuchado todos quienes desde pequeños practicamos algún tipo de deporte. Una especie de mantra que se repite en los entrenamientos y en los partidos cómo método para inculcar valores a los jóvenes deportistas. Y cómo tal, lo he repetido durante todo este año esperando que mis chicos aprendan a ser caballeros tanto en la victoria como en la derrota, dando la mano al rival al final del partido, aplaudiendo el esfuerzo del adversario y festejando nuestros goles y victorias sin burlarse o menospreciar al equipo contrario.
Sin embargo el pasado fin de semana pude entender una perspectiva distinta sobre esta afirmación que no me había planteado hasta ahora. Jugábamos la Final de Copa del Torneo Municipal de Madrid contra el equipo que había ganado el torneo de Liga y el marcador era favorable para nosotros por 6 goles a 1. Yo, fuera del campo, no cabía de la emoción y con el cronómetro en mano esperaba que se consumiera el último minuto de juego, cuando tras un descuido defensivo nos anotaron el 6-2. Un gol sin importancia y que no ponía en riesgo nuestra victoria, no obstante, mis jugadores empezaron a gritarse y reclamarse como si nos hubieran empatado.
El arbitro silbó el final del partido y mis chicos seguían enfadados a pesar de nuestra contundente victoria. No lo podía creer, había terminado el partido, éramos campeones, el esfuerzo de todo un año de entrenamientos y partidos daba sus frutos y ellos eran incapaces de celebrarlo. Salí corriendo al centro del campo y les llamé para que se acercaran, ya juntos y sin dejar de aplaudirles un instante, los arengué a que se abrazaran, saltaran y cantaran pero no fue hasta que yo empecé a hacerlo que ellos me siguieron. Al final se fueron soltando poco a poco y terminaron sacando toda esa alegría, energía y rabia contenida entre abrazos, gritos, saltos y cánticos.
Entendí entonces que no todo el mundo está acostumbrado a ganar y que quien siente que nunca lo ha hecho no sabe como reaccionar ante la victoria ni disfrutar de ella. Sin riesgo a equivocarme puedo asegurar que quienes no se han aburrido y siguen leyendo estas líneas son personas que están acostumbradas a tratar con el éxito de alguna u otra manera, ya sea en lo deportivo, en lo educativo, en lo profesional, lo personal o lo económico. Habrá quienes hayan conseguido el trabajo que querían, otros a los que les hayan concedido la beca que buscaban, muchos estarán más que satisfechos por haber formado la familia que soñaron y algunos otros entusiasmados con el negocio que abrieron. Así es, la mayoría de quienes leerán esto y yo, estamos acostumbrados a alcanzar nuestros objetivos, a ganar y convivir con el “éxito” independientemente del significado que cada uno le otorgue a esa palabra.
Pero hay quienes no. Hay quienes están acostumbrados a lo contrario, a ser siempre los que pierden, a los que el “éxito” y la “suerte” les dan la espalda, los que no alcanzan sus objetivos, los que incluso nunca se los han planteado porque es prácticamente imposible alcanzarlos. Difícil creerlo pero es así. Casi todos estos chicos rozan o están por debajo de lo que llaman fracaso escolar, por lo que el próximo año o dentro de dos dejarán el bachillerato para entrar en una escuela de formación profesional para aprender un oficio (si es que logran terminar el curso). En otras palabras el sistema ha decido que la universidad es inalcanzable para ellos por su bajo nivel educativo. No se trata y tampoco puedo contar las historias de cada uno de ellos, pero si la historia del equipo que también es mía.
Cuando hace dos años empezamos con esta loca idea de formar un club de futbol de carácter popular, participativo, educativo y reivindicativo, que tuviera como valores principales el acceso al deporte, la integración, la igualdad de genero y la multiculturalidad, en uno de los barrios más desfavorecidos del centro de Madrid, sin apenas instalaciones deportivas y en pleno proceso de gentrificación, jamás pensamos que lograríamos tanto en tan poco tiempo.
Empezamos entrenando en una cancha de cemento y de pequeñas dimensiones en cuya puerta de entrada colgaba un cartel que pedía a los toxicómanos de la zona que usaban el parque como lugar habitual para inyectarse, que por favor depositaran las jeringuillas en los botes de basura para evitar que los niños las encontraran en el suelo, jugaran con ellas, se pincharan y pudieran contraer alguna enfermedad como hepatitis o incluso VIH.
Tras mucho insistir en la necesidad de tener instalaciones deportivas básicas en el barrio, el Ayuntamiento de Madrid prometió buscarnos algún hueco para entrenar en alguno de los polideportivos de los barrios cercanos, pero no fue hasta que destapamos una trama de corrupción entre el Real Madrid y la antigua administración del Ayuntamiento que nos concedieron tres horas a la semana en un campo de césped para nuestros 8 equipos. Gracias a la perseverancia de nuestro presidente descubrimos que el Real Madrid, uno de los equipos con más ingresos a nivel mundial, se beneficiaba de alquileres gratuitos de campos públicos deportivos a cambio de conceder entradas vip para que funcionarios públicos de alto nivel asistieran al Satiago Bernabeú a ver partidos de Champions League.
Por si esto fuera poco, los campos que nos concedieron están dentro del parque del Retiro, a escasos metros de una de las zonas residenciales más exclusivas de Madrid y cuyos residentes, quienes también utilizan estas instalaciones deportivas, se sintieron violentados por la presencia de chicos con ascendencia laina y africana, haciendo patente su enfado con acusaciones infundadas y comentarios racistas. Mismos comentarios que recibimos en más de una ocasión por padres de familia de equipos a los que nos enfrentamos e incluso de un árbitro de la liga municipal, al que por supuesto denunciamos. Hasta entonces nunca había sido objeto de agresiones e insultos racistas y créanme, es una de las peores sensaciones que he tenido. Tan sólo de pensar que estos chicos las llevan sufriendo 15 años…
En el aspecto económico, el proyecto no es barato, sacarlo adelante supone cerca de 25 mil euros al año y sólo un 30% de los niños que participan pagan una cuota 4 veces inferior a la que pagarían en cualquier otro club de la ciudad. No podemos hacerlo de otra manera, vivimos y convivimos en uno de los barrios con mayor índice de desempleo de la ciudad.
Por todo ello, cuando todos los que participamos en esta hermosa locura miramos para atrás y vemos todo lo que hemos construido en tan solo dos años, no cabe duda que nos enamoramos más del proyecto y nos convencemos del potencial que tiene el deporte para lograr el cambio social. Levantar esa copa es una victoria pequeña en comparación con todas las que hemos conseguido en el aspecto social y humano, no obstante me alegro enormemente por este triunfo deportivo ya que es la parte tangible que con la que estos chicos pueden empezar a sentirse ganadores y convivir con el éxito.

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